El envejecimiento cutáneo suele describirse por sus síntomas visibles, pero lo interesante ocurre en capas que no vemos. Entenderlo aclara por qué unos tratamientos funcionan y otros no.
En la epidermis, la renovación celular se ralentiza. Las células tardan más en llegar a la superficie y se acumulan, lo que explica el aspecto apagado y la textura irregular.
En la dermis está el cambio de fondo. El colágeno se degrada más rápido de lo que se produce y las fibras de elastina se desorganizan. La piel pierde densidad y capacidad de recuperar su forma.
Por debajo, los compartimentos de grasa facial se reducen y descienden, y hasta el hueso pierde volumen con los años. El rostro no solo se afloja: cambia de arquitectura.
Esto ocurre por dos vías. El envejecimiento cronológico está determinado genéticamente. El extrínseco depende de la exposición solar, el tabaco, la contaminación y los hábitos, y representa la mayor parte del daño visible: es la parte modificable.
Cada capa admite herramientas distintas. La superficie mejora con activos y exfoliación; el volumen se repone con rellenos; y la densidad dérmica responde a estímulos que activen la síntesis de colágeno, como el calor controlado que aplica un tratamiento de radiofrecuencia XERF.
Nada de esto detiene el reloj. Lo que hace un abordaje sensato es ralentizar la parte evitable y mejorar la calidad del tejido que queda, que no es poco.